La compasión humana es extraña. A la hora del almuerzo lo oí por primera vez. Un piar desesperado escapando de una de las rejas de desagüe del cesped central del seminario. Pi. Pi. Un pajarito, parecido a los copetones de Bogotá, piaba desesperado atrapado en el desague. Pi. Pi. Cuando levanté la pesada reja de hierro, el pajarito trató de volar pero sus mojadas alitas no fueron suficientes para sacarlo del hueco. Ni pensar en meter mi mano. Apenas me acerqué más al hueco, el pajarito escapó por uno de los tubos de desagüe. Desde ahí habría de observarme con recelo, asomándo sólo la punta del pico. La hora de mi almuerzo consumida, tuve que volver a poner la reja en su sitio y abandonar el pajarito a su suerte. Horas más tarde, cuando el cielo de Nueva York era un sólo nubarrón. Pi.Pi. Pi. Imposible ignorar el desesperado piar. Esta vez con la ayuda de A., levantamos la reja y tratamos de convencer al pajarito en nuestro mejor copetonés de que saliera antes de que la tormenta llene este desagüe de agua. Nada. El pajarito se vuelve a esconder en el desagüe y desde ahí pía desesperado pero aún sospechando de los gigantes que, sin saberlo, están tratando de ayudarlo y no de devorarlo. Nuestros extraños silbidos en cuclillas bajo la llovizna pronto atraen la atención de los oficiales de seguridad del seminario y los empleados de mantenimiento. Todos se apiadan del pajarito pero nadie puede convencerlo de que salga del desagüe. Nada consiguen los desesperados y poco persuasivos discursos en copetonés. Nada consigue el pedazo mojado de pan que saqué de la basura de la cafetería. Nada consigue la rampita de cartón que construimos. El pajarito no quiere salir. El pajarito tiene miedo de los gigantes. El pajarito tiene miedo de la gran planicie azul. La lluvia arrecia. Pronto, sólo A. y yo quedamos para compadecernos del pajarito terco y miedoso. Pi. Pi. Empapados decidimos que no hay poder humano que nosotros, aterradores gigantes podamos ejercer sobre el pajarito para convencerlo de que quedarse en el desagüe no es una buena idea. Bajo una lluvia inmisericorde nuestros misericordiosos pero inútiles manos ponen la pesada reja de hierro en su lugar. Mi corazón rabínico cita: "Nuestra alma es como un ave que escapa de la trampa de los cazadores. La trampa fue rota y nosotros escapamos." Salmo 124:7. La compasión humana es caprichosa y extraña. La compasión divina es inescrutable pero mucho más eficaz.



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