Cuando la gente me viene a visitar a NY se burlan de mí porque yo soy de aquellos que creen que la mejor cosa que uno puede hacer en esta ciudad de mil maravillas y mil planes posibles, incluso antes de pagar cantidades exhorbitantes para ver un show de Broadway o treparse hasta el último piso del Empire State Building, incluso antes de pagar no tan exhorbitantes cantidades de dinero para oir a la NY Philharmonic, o incluso antes de ir a rendir homenaje a John Lennon en Central Park, es cruzar el Brooklyn Bridge en dirección a Manhattan. Desde este centenario gigante (el primer puente de suspensión del mundo) uno puede ver a la Estatua de la Libertad, Ellis Island, y la mole enorme del Distrito Financiero: monumento a la ambición humana y su capacidad para construir. Hoy, gracias al paro de transportes, mucha gente estuvo obligada a mi plan. Aunque no sé si cuando el Brooklyn Bridge se congestiona tanto como Broadway uno pueda parar y ver la Estatua de la Libertad entre los paralelogramos que dibujan las estelas de los barcos y más allá Newark, monstruosa, y más acá, indecisa, una gaviota.
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